Sobre La mujer sin cabeza


La mujer sin cabeza

A partir de un choque, con algo que no se termina de saber que es, Vero queda desconcertada, no solo ella sino también el espectador. Vemos que después de eso todos la reconocen, pero ella no registra a nadie. Y de alguna forma termina siendo llevada por las demás personajes a través de toda la película. Vero nunca hace nada, los otros siempre se le adelantan, como si no hubiera un cambio real en ella mas que su nuevo color de pelo, como que ya están acostumbrados a este tipo de reacciones.

Una película que desconcierta al espectador y le pide que se involucre, que vea que pasa, que preste atención. El espectador es el que tiene que terminar de armar lo que pasa.

La película se mete en la protagonista, con encuadres muy cerrados, y en los abiertos parece que el encuadre la comprime. No la dejan en paz. Eso, al igual que las cosas que pasan, mantiene a la protagonista en un estado como de culpabilidad, que no la deja respirar.

Lautaro Turrent

*****

En su última película, Martel, más que contar una historia, nos retrata un estado mental. Repleto de planos fragmentados y cortos, hace que nos metamos de lleno en la psicología de Vero – nuestra protagonista – quien tras un accidente con el auto en el que choca con un animal (hecho del que sólo nosotros como espectadores estamos seguros dado que decide no bajar del coche), se confunde y por momentos hasta siente haber matado a una persona, pierde la cabeza.

Martel retrata esa pérdida y hace de ella el eje de la película. Como en un paradójico juego de palabras: nos pierde dentro de esa cabeza perdida utilizando la mayor parte del tiempo primeros planos o planos pechos imposibilitándonos a nosotros como espectadores una ubicación concreta espacial y – a veces – hasta temporal comúnmente provista por los planos generales.

Hará de esa cabeza perdida el propio centro del film: “a lo largo de toda la película no hacemos otra cosa que ver cómo exhibe eso que ha perdido” afirma Alan Pauls. Al mismo tiempo que el film nos pierde en la extraña psicología de Vero, su cabeza rubia no deja de ser el centro de la mayoría de los planos – ocupando prácticamente todo el campo visual-, hecho paradójico si nos detenemos en el título del film, fiel reflejo del relato de la historia, en donde Martel puja incesantemente por insertarnos en aquel confuso estado mental de la protagonista que ha perdido la cabeza.

 Guadalupe Giménez Dixon

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